A menudo me preguntan porqué me he metido en este lío. Así que he pensado contar los motivos y así también los recuerdo cuando flaqueo.
Empiezo por el primero, los niños.
Los días en Mangily comenzaban a las 6 de la mañana, por causa de un puntualísimo despertador infantil que voceaba detrás de la ventana de mi caseta, Madame Sara! Madame Sara! Bonjour! Quien me conoce, bien sabe que a mí madrugar no me ayuda ¡noooo ya están aquí! Pero el mini-humano despertador era incansable y yo acababa por rendirme. Y así cada mañana, cuando abría la ventana, me encontraba ante un puñado de niños saltando y repitiendo alterados una y otra vez bonjour bonjour!!
Aquellos niños hacían olvidar el sueño, y me alegraban la mañana y el día.
A diario el más pequeño, con su espíritu de líder, se imponía al resto para mostrar a grito pelado lo que había aprendido en la escuela el día anterior:
-Un fois un, un! Un fois deux, trois! (Uno por uno, uno. Uno por dos, tres)
Otro más mayor, que aunque no iba a la escuela contaba con el respeto que le proporcionaban su edad y estatura, le corregía:
-Pas trois! Quatre! (No tres! Cuatro!) Y daba un capón al entusiasmado pequeñín.
Y seguían las risas. De todos, incluso la del pequeño caponeado.
Las risas de los niños de Mangily resuenan como un murmullo de alegres campanas. Conforman un tejido sonoro constante que llena de vida los oídos del pueblo.
Pero ocurre a menudo en Mangily que entre las risas de los muchos niños alegres, asoma algún niño de carita triste y sonrisa sin risa, delgadito y con el estómago hinchado. Niños que se unen a los juegos con más lentitud y menos energía que los demás, y que por eso, quedan atrás. La fisonomía de estos niños delata uno de los grandes problemas que sufre Madagascar: la malnutrición infantil.
Nunca había pensado sobre el problema del hambre más allá de esta dura y simplísima división: morir de hambre o no morir de hambre. Pero allí tomé conciencia de que entre la persona que no sobrevive al hambre, y la persona bien nutrida y alimentada existe una compleja escala de necesidades por cubrir. Y que algunas personas, aún habiendo podido comer suficiente para subsistir, no han ingerido el mínimo alimento necesario para desarrollarse más allá de la mera subsistencia. El desarrollo físico e intelectual en estos niños queda mermado. Y así, era frecuente que al preguntar la edad a un niño con apariencia de 7 u 8 años, contestara con tono orgulloso, por ser mayor, j'ai 11 ans!
En el proyecto El hilo y el baobab trabajan 11 mujeres y un pescador. Los hijos de tres de las mujeres (de dos de ellos ya he hablado) sufrían malnutrición. El problema es complejo y a menudo causado más por la mentalidad y la falta de conciencia, educación y formación asociados a la pobreza, que por una falta real de alimento. Soy consciente de que el trabajo de sus madres no garantiza la recuperación. Pero quien sabe si este granito de arena supondría algo de mejoría, ojalá!
Pues otro día más. Besos a todos los que han leído hasta aquí y "salama"!